¿Verdad o amalgama?

¿Qué somos? ¿memoria, pensamientos, materia… alma? ¿Qué “somos” y qué es solo “nuestro”; aquello a lo que únicamente tenemos acceso? ¿Cuándo se es “núcleo”, se es “solamente”, se es “yo”? ¿Cuándo es uno “uno”? … ¿Cuándo se comienza a ser?

La eterna duda que alude al punto clave de nuestra existencia, pues no sabemos dónde acaba… y mucho menos donde empieza. ¿Dónde, cuándo, por qué y cómo se es “esencia”? ¿O es acaso que somos un conjunto de todo, de “nadas”, de “posibles”, de lo incognoscible y sus apariencias?

Entendemos nuestra existencia en la medida en que pensamos, pero ¿somos esos pensamientos o son estos solo un algo que podemos percibir? Porque los pensamientos podrían ser las olas del mar/cosmos que golpean la bahía de nuestra existencia; una especie de traducción de lo ajeno al entendimiento insospechado de la esencia más primaria, de la verdad del “yo”, y viceverza, pues los sentimos tanto como podemos darles forma para enviarnos “fuera”, a traducirnos para el mundo… pero eso no los convierte en uno mismo, ¿no? son solamente el punto medio entre nuestros sentidos y la pureza del ser.

Siendo ese el caso, ¿significa eso que no somos nuestro recuerdos, nuestros sueños y experiencias, nuestros momentos más grandes, logros, amores, conciencia? … Bueno, siendo “ese” el caso es claro que no, pero solo expongo un punto de vista que podría ser o no, claro está. Habrá por seguro quien esté convencido de que todo eso y más es lo que se es, y bien puede ser que esa esencia primaria de la que hablo no sea más allá de imaginaciones mías… pero es eso de lo que hablo “imaginaciones mías”; mías porque me pertenecen, pero dejó implicado que no son “yo”.

A lo mismo con “mis recuerdos” y de más propiedades que entendemos como tales y como nuestras. Si somos todo eso ¿somos entonces lo que tenemos? ¿Lo que tenemos es parte de nosotros? ¿Es mi casa parte de mí, tanto como lo es mi brazo, mi teclado, mi ropa, mientras sigan siendo “míos”? ¿o soy un conjunto de todo ello? Y, si restas todo lo prescindible, ¿qué queda? Porque, aun si el bō que descansa en la esquina de mi habitación es parte de mí, se que si mañana ya no está, yo sin él puedo y seguiré siendo “yo”, ¿Pero cuanto puedo suprimir sin dejar yo de ser? ¿Qué queda cuando restas todo lo material? ¿Qué descubres luego al deshacerte de todo lo abstracto? ¿Qué se esconde tras “mis ideas”, “mi imaginación”, “mis sueños”, “mis metas”, “mis capacidades”, “mi ego”, “mi alma”?

¿Qué queda después de que todas las piezas son arrancadas a la fuerza unas de otras? ¿Eres, o no? ¿Estás, o no estás? ¿Eras una verdad, o un montículo de esto y aquello que parecía “ser alguien”?

A veces miro a otras personas y, entre una mezcla de sonder y el vacío propio que deja tatuado en lo profundo la comprensión de la duda metódica, me pregunto si se habran cuestionado todo esto alguna vez, me pregunto cómo pueden vivir tan tranquilas… cuántas de ellas pueden vivir tan tranquilas como aparentan estarlo en un todo…

¿Seremos verdad o amalgama de accidentes?

Tal vez seamos ambas cosas…

¿Dónde comenzamos a ser y hasta dónde somos?

No sé…

Es mera especulación, pero creo que soy 21 g. de fuego sobre algún mar inexplorado.

Un suicidio en el Sur

Vivimos en un mundo donde perder el Norte te convierte en un idiota, y encontrar tu sur, en un suicida.

La gente al Norte… me provoca tanta lástima y desagrado como a ellos el Sur mismo. Creen que caminan hacia la cima del mundo, con esa sonrisa ufana y arrogante grabada a necedad en el rostro, ignorando el hecho de que tanto al Norte como al Sur no hay más que un sepulcro helado, los gélidos céfiros de la memoria arrancando el alma de un viajero sin viajes para arrastrarla a un impoluto firmamento estrellado, el último vistazo al universo desnudo. No es una victoria, es un final; una canción ambivalente, de nostalgia melancólica mezclada con la grandeza sublime que transmite el conjunto de senderos y paisajes que se desdibujan frente a uno; una sonrisa entre cínica y consoladora que se pierde entre una lluvia sorda, de esas que barren con rímel y escudo.

La victoria, de haberla, está en lo que aprendimos caminando, en lo que nos convertimos, en como hemos sido esculpidos, quitando a la fuerza los sobrantes, y en lo que creamos en base a eso y pese uno mismo; no en dónde estamos para con otro, ni en qué tenemos, ni siquiera en nuestros logros personales; la victoria está en lo que dejamos.

No podemos aspirar a más victoria que la ceniza.

En ambos puntos cardinales se encuentran tanto la cima como el punto más bajo de la inmensidad de nuestro mundo, es dependiendo de cómo nos vemos a nosotros mismos en ese lugar el como entenderemos al lugar mismo. La única diferencia entre su norte y mi sur es que a ellos les dijeron que buscarán el paraíso en el Norte, la seguridad en el Norte, el fantasma en el Norte… y su razón les dejó ir, cuando yo al Sur fui porque tenía que ir, a poder ser, ver si encontraba una verdad de paso, y estar en la cima de mi mundo un momento, lejos del concierto de dolor desgarrador que hallarán en la suya, cuando se caiga la cortina de la esperanza que hace sombra al engaño, cuando no estén listos para sentir en alma viva la crueldad de esa canción; cuando, vacíos y hundidos dentro suyo, se retuerzan en la penosa futilidad de sus esfuerzos superficiales, en su cobardía expuesta, en su ego derrotado, en la absoluta ausencia de la salvación por la que se abandonaron, y ya sea tarde para hallar el Sur.

Aunque no haya forma de ganar, al menos en el Sur estás consciente de que vas a perder; al menos en el Sur no tienes miedo a provocar un deshielo.

Puedo asegurarte que no hay nada que arda más que el inverno del Sur, y, sin embargo, en la piel, se gusta tan cruelmente helado como su hermano, porque lo que pertenece al orden de la materia no puede arder en un iceberg del fin del mundo; se funde con el hielo, como el mar.

Ojalá todos pudiesemos hallar nuestra aurora… pero te juro que nunca haz visto tanta verdad como la de un suicidio en el Sur.

Apnea

Eres como una canción aplicando ley del hielo al aire, que es hermosa como solo ella y resuena en su magnificencia con la fuerza de un universo, pero solo en ella misma; nunca fuera y siempre lejos.

Tal vez está hundida en el fondo del mar, y por eso nadie puede oírla, como una sirena abisal.

Está bien, a veces yo voy a esos lugares solo para arder.

¿Cómo se puede arder o ser canción en el fondo del mar? Pues es más o menos la misma cosa, pero no sé muy bien como funciona en realidad.

Seguramente no es más que un simple capricho…

Esto no es un título

La ausencia era promesa, no amenaza, así el vacío sería un bien inmaterial.

Nada le falta a quien nada es.

Nadie hecha en falta a quien nada es.

Es que no es que la nada sea nada o sea nadie, es que no es y punto. No puedes ni imaginartelo. No deberías hablar de ello tampoco… porque no estás hablando de algo, hablas de nada, lo mismo sería si te quedarás callado.

Deja de pensar en nadie hablando nada y ve a ser productivo o algo así.

No sé…

Me gustas como me gusta la lluvia y el piano,
el último suspiro del Sol derramándose al morir en el horizonte
y la poesía inmarcesible; la muerte del esquema, de la pasividad, del horario.

Me gustas como parte de mí,
porque puedes, porque sí,
pese a ti.

Me gustas porque me gustas.

Determinismo.

Pese a la duda metódica.

Me gustas tú, la idea de ti y el casi garantizado hecho de tu existencia.
Me gustas aunque yo no me de cuenta…
o no quiera.

No como una mariposa.
Como el fuego, aunque seas helada,
como el mar calmado, aunque ardas en rabia
como el café, aunque estás en calma.
(En calma como el mar calmado)

No sé…

No es que quiera tenerte pero, ¿vas a estar para siempre aunque sea lejos, o voy cerrando de una vez la herida de cuando decidas ausentarte a matar?

Dejarías lo surrealista de tu aroma en todo mi arte, como una sombra.

No sé…

A veces extraño no darme cuenta que puedes mucho más que gustarme.

No sé…

La batalla del pantano

Guardé en un cajón los arcos de perlas.   Dispararon flechas de plata contra el pantano inmenso en el que no ardían los colores del Sol, no asomaba la Luna, ni tiritaban las estrellas, ni nacían los fuegos fatuos, ni visitaban las luciérnagas; y lo hicieron hasta que entendio quien como arma los usaba que era más francamente estúpido él, hundiendo en el fango su plata, su tiempo y determinación, que el propio pantano, que nunca entendería el valor de la lluvia que le abrazaba.

Herir al pantano nunca fue la intención, hubiese sido incluso aun más fútil, dentro de lo que cabe. Trataba de dejar en él los destellos del Sol que adornaban las afiladas puntas que inyectaban su piel, pero sin acercarme tanto como para perderme en él; como para hundirme en él.

La ominosa falta de luz… No temor a la oscuridad; terror a esa negación del propio ser y la verdad.

Una aproximación lo más cautelosa, segura y distante posible.

¿Cómo saber de plata cuando no hay una luz que esta refleje? Tanta seguridad de poco sirve, la vida no funciona así. Las flechas se apagaban al atravesar la frontera que separaba el color del pantano. No notarlo era imposible, negarlo sería no negar al propio ser, pero sería negar al otro (algo aún más peligrosos, si se puede).

Una batalla que no es batalla ni es nada; lo mismo quien necesitaba uno de esos flechazos era yo, por declararle guerra sin cuartel a un ejército de piedras enlodadas y misterios incognocibles. Algo idiota por un lado y peligroso por el otro… lo mismo a fin de cuentas… más o menos…

Aquella frente habría de ser contra la oscuridad palpable y palpitante que esconde y acapara para sí todo aquello que le es posible, no contra aquello que envuelve celosamente bajo su velo.

Nota mental: Probar con una espada en llamas… Porque obviamente esa es una idea mucho mejor…

La vida no es tan fácil…

Hay que saber escoger nuestras batallas.

Un lenguaje ajeno, pero propio


A veces la poesía es un hilado sonoro de un lenguaje ajeno, pero propio; que no logras entender, pero sabes por algún sinrazón, en el fondo, que trata de decirte algo más importante de lo que te dijo el noticiero en la mañana, el periódico en el desayuno, el vecino en la entrada del edificio, el calendario en la pared, tu agenda de bolsillo. Es como si le hablarán a tu alma cuando tu alma no sabe hablar, pero te llega; como nos llega una canción extranjera en un idioma que probablemente no aprenderemos jamás.